A veces hay que desenamorarse y reenamorarse, si no con el entrenamiento en sí, al menos sí con una faceta del mismo. Es imposible que el entrenamiento sea siempre la constante inmutable en nuestro mundo y vida cambiantes. A veces el camino nos lleva por derroteros que nos parecían imposibles hace tiempo, e incluso a hacer cosas que nunca pensaríamos que haríamos. Y eso es pura vida. Mirarse y ver que no eres lo mismo de hace unos años es la señal inequívoca de que te mueves, cambias, aprendes, VIVES. Y si luego se vuelve, ya no se vuelve en la forma original, sino cambiado, siempre a mejor porque te has dado de hostias con la realidad y ahora eres más compatible con ella.
El hierro nos enseña muchas cosas. Disciplina, garra, lucha, entrega, victoria y derrota, miedo, dolor, alegría. Pero no somos sujetos pasivos; cuando entrenamos no somos nosotros contra los kg que movemos de A a B, sino también lo que llevamos en la mochila cada día, nuestras preocupaciones, anhelos, expectativas sobre nosotros mismos. Todo eso empuja la barra en igual medida que la carga. Y es bonito lo orgánico de esa pugna entre lo clarísimamente objetivable (100 kg siempre serán 100 kg) y lo solo sujeto a atisbarse bajo la deformante lupa de la introspección, lo que pasa por nuestras cabezas.
La historia de nuestro entrenamiento es la historia de nuestra vida, amigo Frutos. Y me alegro mucho de que este foro y quienes aquí habitamos formen parte de la mía. Un fuerte abrazo.