Hoy he dado formas a mis anhelos y sueños, y he podido saber lo que me estaba vedado.
Lo he conocido en la forma en que un tío tiene que conocerla, y es sufriendo el envite del mismo, el dolor agudo, la impotencia funcional y la cara de gilipollas que se ofrece al espectador.
Hoy, por fin,
me he podido dar un leñazo en un pie con un disco de 20 kg.
Tenía ilusión porque fuera un tiro, que es como más romántico, pero estando donde estaba, me he ganado, de sobra, el puesto en el Olimpo de los gimnasios, la capa y la espada, y el manotazo del Papa de Roma, porque hoy, se me ha caído un disco en el pie izquierdo y me ha dejado listo de papeles.
Menos mal que estaba acabando, y es que los estaba colocando en sus soportes, y maldita sea la suerte o bendita desgracia, porque el hecho fortuito, sólo señalado para unos pocos, la cicatriz que gustosamente podré aportar de ahora en adelante, no habrá sido hecha en Guadalcanal, en Gallipoli ni en Normandía, ha sido en el gimnasio, donde muy pocos, creo que ninguno, podrá decir que se ha pegado un discazo de 20 kg en el pie.
No vale que es que me pillé el dedo con la mancuerna, con la cremallera, la churra, o el pezón izquierdo con el borde de la camiseta.
Lo que hace a un hombre, es pegarse un discazo de 20 y luego contarlo.
Pues eso, que aparte de vacilarle a un cultureta lleno de asteroides y corticoides y megaloedulcorantes, vacilándole, no, sino demostrándole lo que un tío con 49 tacos, y con dos cafés y un poco de novilla, era capaz de hacer mientras él se fundía haciendo jalones y mariconadas varias.
El tío se cascaba superseries, es decir, yo, con 200 y lo alternaba con tríceps, cruces de poleas, más 200, más tríceps, mas cruce de poleas, hasta decir basta, sin parar, y sin mayor ánimo que mantener enhiesta la viga que cogía entre mis callosas manos, que igual te quitan medio hígado, que te arrancan el esófago, te tocan un nocturno, o te colocan los discos en los soportes.
Me he hinchado de 200, de 180 de 220 de 160. He fallado un 240 por chulo, pero me ha dado igual, porque soy así de buena persona, y no me he enfadado con el mundo y he dejado de entrenar.
He seguido hasta límites ya sospechados, y finalmente cuando me iba a dar una vuelta por la zona de la porra, antes de colocar todos los discos, el último, el Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido, el muy cabrón, me ha traicionado y se ha caído del soporte, procediendo a estrellarse contra mi empeine.
En ese momento he sabido lo que es sufrir, de verdad, y no levantando 200 ni leches.
La madre que lo parió, qué dolor.
Bolsa de hielo corriendo que pido en cafetería, y por lo menos, no me lo tengo que amputar, cuestión que me llevaría a tener que ahorrar cortaúñas, pero no ha sido el caso.
Llegada a casa, cojeando, y me duele, claro, me he tomado un ibuprofeno, que no es asteroides, aunque inhibe el efecto de los mismos, y aquí estoy sentando, esperando que se me aclare la vista, se me abra el apetito, me desaparezca el dolor, hablar con mi padre por teléfono, y sentarme a la espera de mi corazón púrpura.
Que me lo he ganado.
No todos podrán decir lo mismo.