Kira escribió: Doy fe de que se puede estar flaco y con problemas de salud.
Es más, aunque no sea mi caso podría decir que es totalmente factible estar flaco, no sano, y que además con los problemas de salud que vengan de enfermedades típicamente relacionadas con la obesidad. Casos de "apaga (la luz en la oscuridad) y vámonos", que ni de broma los ofrece un simple cociente entre magnitudes como el IMC, aunque en la mayoría de casos funcione.
Una cosa es estar flaco, o dentro de los porcentajes del IMC y otra cosa es asociar ese estado a una desnutrición en cuyo caso, todos sabemos que la respuesta inmune a las enfermedades infecciosas se ve mermada, y eso conlleva un estado vital deteriorado en grado máximo, aparte de los estados carenciales que supondrá la limitación de la ingesta diaria recomendada de los nutrientes esenciales.
Creo recordar haber leído por ahí un artículo que sacaron los de la Universidad de Navarra con otra fórmula más "correcta" que el IMC (en algún sitio la posteé pero no la recuerdo)
Básicamente estados carenciales conllevan enfermedades, así como estados de sobrealimentación conllevan otro tipo de enfermedades.
Si las primeras condicionan una menor resistencia a agentes patógenos habituales, las segundas conllevan las enfermedades del mundo industrializado y avanzado: arterioesclerosis, cardiopatías isquémicas, diabetes, artrosis y el cáncer.
Estilos de vida saludables permiten mantener en cierta medida y a raya esas situaciones, no inmunizan, claro, pero por lo menos permiten tener una cierta ventaja y retrasar lo que inexorablemente nos esté previsto padecer en el libro de la vida.
Así que en el equilibrio está el resultado óptimo.
Las vivencias diarias que tengo de mi profesión me permiten una visión menos acotada de la realidad y percibo y siento el mal que nos invade en este sentido, suponiendo no sólo un gasto sanitario tremendamente exagerado sino que si a eso le sumas la situación real de desconocimiento general, de hedonismo y de obtención de resultados inmediatos y por supuesto favorables, con la nula capacidad de sacrificio y de valoración de lo que se tiene y mantienes ese modus vivendi de autocomplacencia, ahí tienes un cóctel que explota habitualmente.
Nos ganamos las enfermedades a pulso, y ellas no perdonan.
Podemos intervenir en el devenir natural de la enfermedad impidiendo que mate a la persona, pero no podemos influir en sus hábitos de vida que conllevan a ese desastre humano.