No creo que sea el temple, más bien las coronarias las que se llevan los sustos, en mi caso.
Ayer, por ejemplo, era tal el cabreo que tenía, y que no podías sacarlo al exterior por esas cuestiones de civismo, ética y educación a partes iguales, que me reventaba la cabeza de la subida de tensión arterial que tenía que tener (no me la tomé porque si me la tomaba y la tenía alta, como era de entender, me iba a dar de baja y entonces iba a mandar a tomar por culo todo)
Así que una vez más amarillo, unos cientos de veces más, en vez de colorao, que tenía que haber puesto y haber mandado a todos los pacientes al edificio de administración, a la puerta del director médico, y que le informara él de su auténtica inoperatividad y falta de recursos para poder atenderlos.
Cada uno con su historia, claro.
Pero es lo que dices y el ambiente es el que tú cuentas en tu trabajo: enfrentarse de cara al público es duro, necesita cemento armado como lastre para no saltar al pescuezo del prójimo, y lo malo, te lo llevas para casa, no lo dejas allí, te lo comes tú.
Yo tengo la costumbre de no hablar de mi trabajo en casa, a pesar de trabajar los dos en el mismo sitio, porque siempre la conversación acaba en discusión.
Así que a fagocitar y a reventar.
No hay respeto por el prójimo, por parte del cliente. Sólo existe una verdad que es "yo y mi problema" y una solución y un tiempo "lo quiero para ya o para antes de ayer".
Eso quema