Estimados señores:
Es de buen saber y mejor entender, que el tamaño de la cornamenta diferencia sabidamente, y expone el poderío del afortunado poseedor de la armadura cálcica, la cual mantiene erguida y visible para solaz y temor de sus enemigos próximos.
Utilizarla en casos de extrema necesidad, batiéndola contra el viento y ensartándola en el maltrecho cuerpo del oponente, si es posible con varias trayectorias, es una habilidad que sólo las ganaderías bravas, los rinocerontes del Serengueti y los vikingos del Guadalquivir para abajo, han demostrado y demuestran día a día.
El choque brutal de cuernos, sólo puede sonar a una sinfonía de destrucción, a un aquelarre y a vísceras calientes brotando del cuerpo del enemigo.
Sólo se puede beber calvados en el cráneo de los vencidos y por supuesto, se hará toma de todo lo que tenga agujero para placer con el mismo, finalizado el empotramiento de la víctima, cuya última visión, antes de pasar a darle un par de monedas al barquero, y descender hasta los mismísimos infiernos, ha de ser esa punta cuneiforme, que le va a enseñar lo que merece.
Fijemos estandartes en los mismos, reculemos y pateemos el terreno, apartemos el sudor de la mirada, y entonces, utilicemos el arma de la cual estamos dotados, para cornear a la vida, a los que nos molestan, a los que nos insultan, a los que nos apesadumbran, y a los que disfrutan con nuestro dolor.
Cuernos, pero cuernos para dar y para tomar.
Repartir estopa a diestro y siniestro y por supuesto, siempre con la mejor de nuestras sonrisas, mientras recitamos alguna coplilla que nos endurezca el manubrio cuando estamos ensartando el problema.
Luego están lo que quisieran tenerlos...
Y luego están las que quieren ser empotradas sin misericordia