De lo que hemos comentado ya en algunas ocasiones, del estado anímico, mental, el empujón que hace que se pueda superar lo que nos parecía imposible.
Un
testimonio real
en este caso de alguien estratosféricamente alejado de mí pero que demuestra eso mismo: la mente.
«Lo necesitaba para cerrar lo que nosotros llamamos constructo de confianza, un espacio donde ella genera confianza en sí misma», apunta Serrés, que desvela: «Quizá desde el punto de vista físico no era recomendable aquella paliza, pero mentalmente ella necesitaba hacerlo»...
¿Qué marca la diferencia entonces? La cabeza». En aquel comedor de la Villa Olímpica de Londres, nada más ganar dos platas, comenzó a gestarse el oro con el que Mireia conmovió a España a las cuatro menos 10 de la mañana de un 12 de agosto de 2016. Tenía deseo y determinación. Luego llegarían las 50 semanas de entrenamiento al año, las nueve semanas durmiendo en una tienda de hipoxia, las concentraciones en Sudáfrica y en Sierra Nevada, la monitorización de todas sus series, pesos, cargas de trabajo, el análisis milimétrico de sus parámetros sanguíneos, los cambios... Todo después del deseo.